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Hace unos meses escuché por primera vez el nombre de nuestra artista guatemalteca: Margarita Azurdia (Antigua Guatemala, 1931 – Ciudad de Guatemala, 1998).

El motivo fue la visita a la exposición temporal que recientemente ha celebrado el MNCARS en Madrid: La primera monográfica dedicada a ella en Europa. 

https://www.museoreinasofia.es/exposiciones/margarita-azurdia

Su mirada interseccional, feminista y ecologista hacen que su obra experimente un renacimiento en el presente debido a la contemporaneidad de su producción.

Su nombre resonaba en mi cabeza intentando buscar conexiones o alguna referencia ya que no sabía nada de ella.

Recorrido por la exposición

En la primera visita que realicé a la exposición, recuerdo esa sensación de ir descubriendo una artista diferente en cada sala.

El nombre de la muestra daba pistas de las múltiples Margaritas que me iba a encontrar: “Margarita Rita Rica Dinamita”. Cual dinamita visual, Margarita fue abriéndose camino y cada sala, resultaba ser una revelación plástica. Desde la escultura, la pintura y los libros de artista al arte no objetual como la performance: la exposición te brindaba la oportunidad de adentrarte en el panorama artístico guatemalteco de los años 60 y 70, así como la metamorfosis creativa que ella misma experimentaba en cada momento de búsqueda personal. 

En la serie de pinturas Geométricas, me encontré con Margot Fanjul: artista que expone en galerías de Guatemala y New York, que sale en las revistas y es galardonada con una mención honorífica en la X Bienal de Sao Paulo por su serie “Asta 104” (1969). La conexión con la corriente más internacionalista y con el op art o arte cinético, te viene a la cabeza cuando estás delante de esos grandes lienzos cuya composición a base de rombos y líneas en zigzag, hacen vibrar la vista. Pero tras esas pinturas de gran formato hay mucho más, existe un homenaje a los textiles mayas y a sus mujeres que tejen y custodian un legado tradicional. 

La entrada en la década de los años 70 la hacemos con la artista que se reivindica como Margarita Azurdia, mujer independiente que se reencuentra con sus orígenes. Prueba de ello se ve en la serie Homenaje a Guatemala»: un conjunto de esculturas talladas por artesanos y ebanistas siguiendo los dibujos y diseños de la artista. Mesas de altar llenas de símbolos como máscaras, plumas o frutas de barro fusionando códigos de sincretismo cultural y religioso que, al contemplarlas, empiezas a establecer conexiones con la compleja situación que estaba experimentando el país. Entendí la conexión de las bananas con el control que ejerció la United Fruit Company, así como sus guerreras con fusiles y botas militares. 

Una vez dentro del universo Azurdia, encontré el hilo conductor: el protagonismo de la mujer y el arquetipo del principio femenino. 

Sus mujeres son autónomas y guerreras que luchan por derribar los cánones patriarcales. Y claro, hoy en día, en pleno siglo XXI es fácil encontrar este tipo de figuras, pero a finales de los 60 y principios de los 70 en un país que se sumergía en un cruento conflicto armado interno, me pareció un caso excepcional.

El viaje de la vida

Su necesidad de encontrarse a sí misma la llevó a París a finales de 1974, momento crucial en la revolución feminista.

Allí conectó con círculos de escritoras y mujeres artistas que estaban rompiendo paradigmas.

A medida que profundiza en el feminismo empieza a ser consciente de la opresión de los sistemas de poder patriarcales en el arte y la empuja a investigar otros medios y vías de expresión y canalización de sus inquietudes. 

Alejándose de su anterior producción se introduce en el mundo de la danza, la performance, la poesía y el libro ilustrado. 

En el ejercicio de la libertad de utilizar el arte como terapia y refugio de una experimentación creativa, descubre a otra Margarita, otro nombre, otra identidad. 

El libro de artista le permite una introspección autobiográfica, un viaje arqueológico por su memoria donde volvemos a reencontrarnos con sus orígenes guatemaltecos. Ilustración y texto se despliegan por el papel cargados de referencias vitales y reflexiones personales que muestran la conexión tan fuerte que establece entre arte y espíritu en su obra. 

Margarita vuelve a Guatemala a principios de los años 80 donde continúa su exploración con el movimiento del cuerpo, la danza ritual y su conexión con la naturaleza. 

De 1982 a 1985 comparte el proyecto Laboratorio de Creatividad junto a los artistas Benjamín Herrarte y Fernando Iturbide dinamizando la escena artística y cultural a través de la danza experimental en un momento de política extrema. 

La mente inquieta y curiosa de Margarita Azurdia siguió cuestionando su identidad (descubrir la figura de la santa Anastasia, la anima a volver a cambiar de nombre por Margarita Anastasia) además de seguir con su investigación en torno a la relación del ser humano con la naturaleza.

Todo ello la llevó a profundizar en su última etapa sobre el papel de la mujer en la historia y la religiosidad. Es en este momento cuando su amor por la Diosa Madre, la diosa Gaia, cobra razón de ser y se convierte en eje central de su producción. Entiende la práctica artística como una vía transformativa de una nueva cosmogonía que nos tendría que hacer cuestionar el origen de la actitud cultural de violencia hacia el principio femenino. 

Apuntes de Beyond Art

Después de descubrir las múltiples artistas que residen en Margarita Azurdia: pintora, escultora, ilustradora, escritora y artista performance, entendí su valentía y el compromiso de su arte con la libertad de la mujer y el principio femenino en el contexto mundial.

La globalización y el resultado de las políticas neoliberales no solo condenan nuestro planeta a la sobreexplotación de los recursos naturales: nos arrastran a la deshumanización y la falta de conexión con nuestro entorno, nuestras raíces y con nosotras mismas. 

Las prácticas artísticas de Margarita Azurdia bien podrían servirnos como un ejercicio de arteterapia colectiva de reconciliación pacífica con nuestro planeta y nuestras múltiples identidades. 

En medio de todo este contexto de destrucción masiva, crisis climática y de dificultad de diálogo pacífico en tiempos de guerra que vive el mundo actual, me lleva a pensar curiosamente en otro nombre de mujer guatemalteca: Rigoberta Menchú. Premio Nobel de la Paz. Activista, defensora de la justicia social, la paz y los derechos humanos de los pueblos indígenas en Guatemala. 

La clave está en el equilibrio y la integración de todos los sectores de la sociedad sin olvidar las prácticas ancestrales que tanto defendía Margarita.

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